Uno sale a caminar por las calles de Buenos Aires y se pierde. No físicamente, uno sabe como volver al lugar de donde salió. En ese estado de perdido-no-físicamente estaba yo aquel día. Caminando pensando en quíén sabe que, pensando en quién sabe quién, cuando pasé por un local comercial que me llamó la atención. Lo peculiar del lugar era que no había nada más que un mostrador y un hombre trajeado detrás, ambos rodeados por cuatro paredes blancas delatadas por la falta de estanterías, que siguiendo la lógica y el objetivo de un local comercial, deberían estar y tener la mercadería a ofrecer. Entré. Un "buenos días" enérgico me hizo perder un poco la timidez. -Buenos días, respondí. Sin perder ni un segundo el vendedor se presentó: Mi nombre es Juan, soy el encargado, director, principal inversionista y único dueño de Ilusiones S.A. -Mi nombre es Alberto, dije. Un silencio incómodo prosiguió, no sabía como continuar, ya que lo que uno hace siempre después de saludar al entrar a un comercio es revisar lo que el local tiene para ofrecer.- Esteeee, lindo día no?, dije haciendo referencia al clima, tema salvador en toda situación incómoda. -Así es Sr. Alberto! un hermoso día! y siguió mirándome con una sonrisa amable de vendedor experimentado. Ya no podía postergar más la inevitable pregunta, así que la largué con voz gruesa de gente seria que viene a hacer importantes negocios: - Dígame Sr. Juan, que exactamente venden en este lugar?. Sin ninguna vuelta me dijo : -Ilusiones.
La cara de "esperame un segundo, llamo al Borda para que te vengan a buscar" con la que lo miré hizo que el hombre empezara a explicar rápidamente como funcionaba la cosa.
- Tenemos ilusiones de todos los tamaños, pequeñas ilusiones para gente ilusa, medianas ilusiones para gente algo más descreída , grandes ilusiones para personas que ya no creen en nada y mega-ilusiones, pero ese tamaño sólo está disponible para nuestros revendedores : políticos en campaña.
La curiosidad me atrapó, algo me empezaba a inquietar. Continuó, - Déjeme tomarle las medidas me dijo y extrajo una suerte de cinta métrica del bolsillo del saco y cual sastre meticuloso empezó a medirme. El único movimiento que atiné a hacer fué levantar los brazos a la altura de los hombros, ya estaba entregado. Acto seguido se descolgó del pecho un estetoscopio y me midió los latidos del corazón y la respiración, por último chequeó mis reflejos con un martillo. Después de frotarse el mentón por unos segundos, con las cejas torcidas y cara de preocupado dijo por fin - Ajá, era un poco más grave de lo que pensaba. - Usted cree eso, Sr Juan ? dije. - Sí sí me dijo, creo que lo mejor para usted son las grandes ilusiones, no hay posibilidad alguna que falle, todo va a cambiar, estoy seguro, es más hasta apostaría mi puesto que así será. -Pero y si nada cambia, dije con toda desesperanza. - Llevamos años en el rubro Sr. Alberto y hasta me animaría a decir que no tenemos competencia.-Pero y si ... balbuceé. - Pero y si nada! Sr. Alberto, convénzase de una vez, este es su tiempo, esta es su oportunidad!. Un sentimiento positivo empezó a invadirme, como dudás del Sr. Juan!, incrédulo! me dije. Y por primera vez en años sentí que por fin las cosas iban a cambiar.Si señores, no había duda de eso. Una sonrisa de par en par me cruzaba la cara, proyectos y planes de todo tipo desfilaban por mi imaginación y sólo el ruido de papel arrancado me hizo descender de nuevo a tierra. - Acá está su factura Sr. Alberto, serían 500 pesos más IVA.- Aquí los tienen Sr Juan, dije y apresuré a sacar la billetera y a entregar la suma correspondiente.
Luego de una amable despedida, salí a la calle: el sol iluminaba más que antes, la gente ya no se me aparecía tan amenazante, la ciudad y sus sonidos no lastimaban, todo va a cambiar me dije una y otra vez.
Ya pasaron años de aquel extraño encuentro, nunca más pasé por el lugar y hasta el día de la fecha no puedo deliberar si fuí estafado o no.
domingo, 24 de octubre de 2010
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